Martes, 12 Junio 2018 23:24

ALBINO GOMEZ: de la pluma cucharita a la de honor

Muy emocionado el periodista Albino Gomez,también ex diplomático, recibió en la Biblioteca Nacional el jerarquizado premio Pluma de Honor, de la Academia Nacional de Periodismo, y agradeció con estas palabras:"En primer lugar debo decir que estoy más acostumbrado a recibir críticas o silencios que premios,  y mucho menos este extraordinario como el de hoy. Tengan en cuenta que cuando comencé a escribir en mi niñez, hace ya muchísimas décadas,  lo hacía con una pluma que en ese lejano tiempo se llamaba “pluma cucharita”, con la cual hice mi primera composición sobre la vaca. Imagínense entonces mi sorpresa ante los saltos cualitativos de pasar de esa pluma, a las siguientes biromes, a las lettera 22 que usábamos los periodistas en los viajes porque eran las máquinas de escribir más livianas antes de que aparecieran la ordenadoras, y que todo lo hecho en ellas contribuyera a recibir este enorme Honor, sobre todo por el altísimo nivel de mis muy admirados predecesores, tanto en el orden personal como en el intelectual.


Obviamente estoy profundamente agradecido al Presidente de la Academia Hermenegildo Sabat, a sus vices Magdalena Ruiz Guiñazú y Lauro Laiño, y a todos sus integrantes. Como a la Biblioteca Nacional, hoy bajo una prestigiosa dirección, por el espacio brindado para la entrega de este premio.


Y también muy especialmente agradecido por esta gran concurrencia que me recuerda al notable Macedonio Fernández, que en una oportunidad, seguramente por un error respecto de la fecha o de la hora para su conferencia, se encontró con la sala completamente vacía. Pero su gran humor le permitió comentar que si faltaba uno más, no entraba. Algo parecido le ocurrió a otro gran escritor, León Benarós. En su caso, la sala donde debía hablar tenía un solo concurrente. Ello no le impidió comenzar diciendo: Señores y señoras…pero el único concurrente lo interrumpió diciéndole: puede llamarme Pedro. ".Recordó sus calificados titulos de libros y añadió:"Si bien les prometí no entrar en teorías, no puedo dejar de recordar que a partir de la segunda mitad del siglo XX, se inició una revolución teórica de gran envergadura en nuestra comprensión del lenguaje, llamado "el giro lingüístico," que influyó en todas las ramas de la filosofía, ubicando al lenguaje en el centro de sus preocupaciones. La psicología, la sociología, la antropología, las ciencias políticas y la economía, entre otras disciplinas, que fueron reconociendo progresivamente la importancia del lenguaje en sus respectivos campos. Y los estudios sobre las bases biológicas del lenguaje, también hicieron un concordante aporte en este mismo sentido. Podemos citar entre algunos  filósofos del lenguaje al británico John Austin, al norteamericano John Searle, al austríaco Ludwig Wittgenstein y desde el campo de la biología, las contribuciones del biólogo chileno Humberto Maturana, con sus trabajos sobre biología de la cognición.


Lo que sí siempre acepté fue que el lenguaje era como decía Heidegger, la casa del ser. Por ello lo que más respeté fue  la poesía, y si bien no pude evitarla, lo hice con muy moderada frecuencia, aunque la impregné más de vivencias que de metáforas, aunque pudiera ser calificada por ello de antipoesía o incluso de muy autorreferencial. Pero téngase en cuenta que Pablo Neruda decía que si le preguntaban qué era su poesía, debía contestar que no lo sabía, pero si se lo preguntaban a su poesía, ella les diría quién era él.".Y añadió en su   cultísimo discurso,abiendo un abanico de argentina y el mundo que le tocó vivir:" Pero respecto de nuestra Argentina solo pude ir contándola a través de una manera absolutamente autorreferencial, por  mis propias ilusiones, realizaciones o frustraciones, con una mirada que me dio el ejercicio del periodismo y de la diplomacia, aquí y en el exterior, como corresponsal de un matutino argentino, como representante de dos universidades y como funcionario diplomático en relaciones bilaterales o multilaterales. Por todo ello viví fuera de nuestra Argentina unas dos décadas , pero nunca  por períodos mayores de cinco años continuos. Porque siempre volvía y son muchos más los años vividos aquí que en el exterior, y nunca quise radicarme definitivamente en otros países, aún los más vivibles. Entre otras razones muy personales, ello debió tener que ver con el hecho de tomar siempre mucho contacto en el exterior con las colonias de exiliados o expatriados argentinos, dedicándoles largos reportajes y hasta dos libros, que me hicieron empatizar hondamente con sus frustraciones, aún con los más exitosos. Y fundamentalmente, porque siempre, extrañaba,  en primer lugar a Buenos Aires, pero también a muchas otras ciudades del país. Tampoco cantaba  “mi Buenos Aires querido…cuando yo te vuelva a ver”. Así las cosas, ¿qué me ocurre ahora, en esta Argentina de hoy?- Aquí, en Buenos Aires, desde donde soy y siento a la Argentina toda, aunque eso de sentirla toda  me ocurriría en cualquier otra ciudad del país, pero tal vez es solo aquí, en mi ciudad, donde puedo percibirla tan distinta, que me siento algo así como un exiliado, claro está, no desde un punto de vista jurídico-político, sino existencial. O sea un expatriado en mi propio país, en mi propia ciudad. Por ello no puedo dejar de recordar a Julio Cortázar cuando decía: “ser argentino es estar triste, ser argentino es estar lejos”. Y también cuando escribía: “Vos ves la Cruz del Sur, respirás el verano con su olor a duraznos, caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso, por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires” Pero ese siempre mismo Buenos Aires ya no es ese mismo Buenos Aires que recordaba Julio Cortázar. Y yo, puedo aseverarlo hoy y aquí. Pero para todo esto, tendría que remontarme al pasado, a un pasado muy inicial, cuando no tenía siquiera conciencia del país, sino tan sólo de un espacio familiar y barrial, que eran mi pequeño territorio: única dimensión de mi ciudad, incluso del mundo. Porque nací en la llamada “Mansión de Flores”, la primera “casa colectiva” de departamentos que tuvo Buenos Aires, diseñada por el arquitecto Fermín Beretervide, un socialista fabiano, a quien increíblemente se la encargó la Unión Popular Católica, que presidía monseñor Miguel de Andrea, un obispo democrático, productor de obras sociales, que hoy llamaríamos progresista. Porque además, fundó y sostenía la Casa de la Empleada con sede en Buenos Aires y otra en Mar del Plata. Así las cosas nació la “Mansión de Flores” en 1924, de solo tres pisos, con 104 departamentos de bajos alquileres, donde vivieron poetas, escritores y hasta los padres de Roberto Arlt. Al ocupar prácticamente una manzana entera entre las calles Yerbal al frente, Caracas y Gavilán como laterales y las vías del tren al fondo, tenía espacio para cuatro patios o plazoletas, rodeados de pequeñas calles internas que daban todas a una calle central,  paralela a Yerbal, de punta a punta, con una vereda a la que asomaban una pérgola de columnas griegas protegiendo un largo rosedal, cuyo límite era un paredón que la separaba de las vías del tren. Había además una sala teatral con capacidad para más de cien personas, y verjas exteriores sobre la calle Yerbal, que le daban total seguridad a los niños,  en un tiempo de por sí muy  seguro, del cual no gozamos hoy. En ella leí un título catástrofe del diario Crítica que decía “Murió Carlos Gardel”.  Y también allí a mis siete años, sufrí mi primera censura porque escribí que las mujeres eran flores con tétalos y mis padres fueron llamados a la Escuela, pero mi padre me defendió invocando el valor de las metáforas y a Baudelaire, señor  para mí entonces desconocido, más el respeto a la libertad de expresión.  También me enteré a esa edad por mi padre, del primer golpe militar del 30 que él, militante radical e Yrigoyenista, no se cansaba de repudiar, como también lo hizo con el del 43,  aunque me transmitió que lo que se venía iba a ser mucho peor que lo que habíamos conocido hasta ese momento. Tal vez,  porque su pesimismo se basaba en aquella frase de Juan José Castelli, cuando  dijo en 1810: “ si ves al futuro decile que no venga”. Pero ya sabemos todo lo que nos fue pasando, golpe tras golpe militares o  la imposibilidad de que ningún gobernante radical, el peronismo le permitiera terminar su mandato, ya que como dije antes, Alvear fue el último que pudo cumplirlo hasta el final hace 90 años. A  partir de 1945/46, comenzó mi vida ciudadana. Ya había dejado a los estimulantes Julio Verne, Salgari  y Alejandro Dumas, para pasar gracias a un excelente profesor de Literatura, en mi bachillerato, Sergio Chiappori, periodista y escritor que me indujo a las buenas lecturas y a la escritura. Comencé a leer a  Platón, Aristóteles, Martinez Estrada, Mallea, Murena, Korn, Borges, Sarmiento, Alberdi, Julio Irazusta, Ernesto Palacio, y a César Tiempo; a los grandes novelistas rusos, franceses y a los españoles como  Miguel de Unamuno y a Ortega y Gasset. Y mucha poesía. Ya sabía de una Argentina dividida entre Federales y Unitarios, Radicales y Conservadores. También dividida frente a la  Guerra Civil Española y luego por la Segunda Guerra Mundial, para comenzar inmediatamente una nueva y dramática división: el peronismo y el antiperonismo. Todas divisiones irreconciliables. Cuando terminé el bachillerato, no existían todavía las carreras de sociología, antropología, psicología o periodismo. No pensaba ser médico, arquitecto, contador o ingeniero. Me quedaban Filosofía y Letras y Derecho, que suponía podrían serme útiles para escribir e intentar una carrera en el Servicio Exterior. Esa fue la época de mi bohemia de cafés y librerías, de la música, del cine Lorraine, de los primeros amores, aunque las noches también me llevaban al Congreso para seguir los estupendos debates entre los peronistas y el bloque radical de los 44, que los diarios reproducían en verdaderas sábanas que hoy ocupan avisos comerciales del mismo tamaño, porque la pobreza de contenidos conceptuales de los actuales debates carecen de todo interés. Y porque la prensa escrita no podría subsistir sin esa publicidad. Pero no puedo seguir por razones de tiempo seguir comentando todos los avatares que sufrió nuestro país, y que todos ustedes conocen. Aunque no puedo dejar de recordar a la última y más sangrienta dictadura militar que terminó por el drama de intentar recuperar por las armas nuestras Malvinas. Pero que hizo inevitable por fin una apertura a la Democracia con el triunfo de Raúl Alfonsín, aunque tampoco se le permitiera terminar su mandato, y recién ahora se comienza a revalorizarlo como a Frondizi y como a Illia.


Lamentablemente, ya les he tomado demasiado tiempo para seguir hablando del pasado,  y  volviendo entonces a nuestro complicado presente, sabemos que no será en el aislamiento que podamos consolidar nuestra independencia y autonomía, sino en una participación adecuada y justa en la producción y la distribución de la riqueza en el mundo.  La soberanía total debemos interpretarla en las actuales circunstancias de total interdependencia, como un concepto relativo a la inserción que logremos en las grandes redes globales de la producción, el consumo, las comunicaciones, las finanzas, la ciencia y la tecnología, más un sistema nacional de educación moderno, porque todo el porvenir mundial tan cambiante que vivimos y que nos afecta, se está jugando todos los días en nuestras aulas. Que ni siquiera enseñan a convivir ni a pensar.  Pero no debemos ser incorporados a esas redes globales que gobiernan el mundo sin nuestro consenso, sin autonomía, como enclaves o como sociedades subordinadas. La constitución de un vasto polo de desarrollo continental como el Mercosur, que pudiera erigirse en interlocutor fuerte con los grandes polos existentes, sería un aspecto clave para la afirmación de nuestra soberanía. Pero la pregunta es: ¿están hoy todos los sectores de nuestra sociedad dispuestos a encarar y discutir estos grandes temas? Al menos, yo hoy, lamentablemente, todavía no lo percibo, porque vivimos aferrados al pasado, y ya estoy hace rato jugando, a mi avanzada edad,  tiempo de descuento."   Aplausos.Otros ganadores del mismo premio fueron en años anterores  Julio María Sanguinetti,  Joaquín Salvador Lavado, Quino; Santiago Kovadloff; Norma Morandini,  Bartolomé Luis Mitre, Beatriz Sarlo,   Carlos Fayt,  Rodolfo Terragno, Natalio Botana, y Guillermo Jaim Etcheverry.